Una mirada hacia dentro: Derinkuyu, ciudad bajo tierra

Por alguna razón, los habitantes de Capadocia decidieron alguna vez construir sus ciudades de la tierra hacia abajo. No hay cifras exactas de la creación de estas ciudadelas subterráneas, unos creen que vienen desde los hititas y con certeza, Jenofonte, el historiador griego, hace referencia a ellas en su obra “Anábasis”, cinco siglos antes del nacimiento de Cristo. Con el paso del tiempo, se han ido descubriendo muchos de estos asentamientos, y de hecho, se cree que en su mayoría, estén conectados entre sí, aunque por ahora son solo suposiciones.

A una de estas ciudades, Derinkuyu, enterrada hasta 85 metros de profundidad, -hasta donde tengo entendido, la más grande de todas-, fui a parar casi sin quererlo, acompañando a un grupo de turistas conocidos. La región de Capadocia no deja de sorprenderme. Uno cree que lo ha visto todo, el valle, las iglesias, las chimeneas de hadas, el increíble paisaje de Capadocia; y de pronto se encuentra bajo tierra toda una ciudad con habitaciones, baños, cocinas, comedores, bodegas, almacenes, capillas y tumbas.

La lógica nos indica, los habitantes de la región crearon estas ciudades para protegerse de un clima muy severo y de ataques enemigos. Desde la superficie, nadie podría imaginarlo; sin dudas, eran un excelente escondite. “Las casas fueron construidas bajo tierra, y las entradas eran como pozos que se ensanchaban más abajo. Había túneles excavados para los animales, mientras que las personas descendían por una escalera. Dentro de las casas había cabras, ovejas, vacas y aves de corral, con sus crías…”, escribió Jenofonte.

Derinkuyu, que significa “Pozo profundo”, cuenta con ocho niveles visitables, conectados por escaleras y 53 conductos de aire. El sistema de ventilación original todavía funciona a la perfección y se calcula que la ciudad podía albergar a unas 20 mil personas.

Como caso particular de Derinkuyu, en sus dos primeras plantas bajo la superficie existía una escuela misionera, con dos largas mesas hechas de roca, pila bautismal, cocinas, viviendas, bodegas y hasta establos. En el tercero y cuarto pisos permanecían los escondites y la armería y los pisos más profundos tenían pozos de agua, pasillos ocultos, una pequeña iglesia, tumbas y un confesionario. Desde dentro, por supuesto, podían bloquearse las múltiples entradas con grandes piedras y de forma independiente en cada nivel, como medida de máxima seguridad.

Por su complejidad y para adaptarlas a las cambiantes condiciones, las ciudades subterráneas fueron perfeccionándose y alargándose con el tiempo. Parece ser que mientras no hubiese peligro, las personas vivían en la superficie, pero ante cualquier situación anormal bajaban a su refugio perfecto, por lo cual, la mayoría de las casas de arriba estaban conectadas también a la ciudad subterránea.

De hecho, gracias a estas conexiones se rescató la ciudad, en 1963, cuando un vecino de la zona, al derrumbar una de las paredes de su casa excavada en la roca –como es costumbre en la región-, descubrió una misteriosa habitación desconocida, que lo condujo a otra y luego a otra… había redescubierto, según los informes arqueológicos posteriores, Derinkuyu, la mayor de las ciudades subterráneas de Capadocia.

Aunque para mí fue alucinante, no recomendaría este tour a claustrofóbicos. Tal refugio laberíntico tenía como razón de ser, precisamente, el encierro, el hecho de estar sepultada lejos del peligro y las invasiones enemigas. Allí fueron a parar por ejemplo, los primeros cristianos perseguidos por los romanos, allí vivieron por algún tiempo, en que fueron acomodando poco a poco las condiciones del sitio a sus necesidades.

Recorriendo los distintos niveles de Derinkuyu, no logré pensar en otra cosa que en cientos de capadocios excavando sus túneles, apenas con algún rayo de luz, trabajando hasta el cansancio por crear una vida más segura bajo tierra.